Para muchos cristianos hispanos en Estados Unidos, la conversación sobre inmigración no es abstracta ni teórica. Es, la tía que vive en temor constante, el hermano de la iglesia que trabaja fielmente sin estatus legal, el joven que solo conoce este país, pero no tiene documentos.
En los últimos meses, esta tensión se ha intensificado con noticias de operativos migratorios, redadas y deportaciones, que han generado ansiedad en comunidades e iglesias enteras. Como creyentes vivimos una tensión real: un llamado bíblico a la compasión por el vulnerable y, al mismo tiempo, un llamado a respetar la ley y la autoridad civil.
La pregunta no es si esa tensión existe, sino cómo vivirla fielmente sin simplificarla ni traicionar nuestra fe. La Escritura no nos ofrece un manual de política migratoria moderna, pero sí nos da principios teológicos profundos que nos permiten sostener esta tensión con sabiduría, humildad y esperanza.
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Tres Pilares Bíblicos
La Soberanía de Dios
Toda reflexión cristiana comienza con Dios. El Salmo 24:1 declara: Del Señor es la tierra y su plenitud. Hechos 17:26 nos recuerda, que Dios determina los tiempos y los límites de nuestra habitación. Ningún movimiento humano ocurre fuera de su providencia.
Esto nos enseña dos verdades fundamentales: ningún migrante está fuera del cuidado de Dios, y ninguna frontera humana es absoluta o final. Las naciones y sus leyes existen bajo la autoridad superior del Cielo. Esta verdad nos humilla y nos libra tanto del miedo, como del orgullo nacionalista.
El Gobierno Civil como Institución de Dios
La Escritura enseña que el gobierno civil es ordenado por Dios para el bien común en un mundo caído (Romanos 13:1-7; 1 Pedro 2:13-17). Como “servidor de Dios”, el Estado tiene la responsabilidad legítima de promover el orden, administrar justicia y regular su territorio, incluyendo sus fronteras. Esto último implica ejercer una mayordomía sabia sobre los recursos nacionales, como vemos en el ejemplo de José en Egipto al administrar el grano para tiempos de escasez (Génesis 41).
Este principio de autoridad del gobierno civil se observa a lo largo de la Biblia. José esperó la invitación de Faraón antes de trasladar legítimamente a su familia a Egipto (Génesis 45). Moisés pidió permiso a Edom para atravesar su territorio y, al serle negado, Israel se dio la vuelta (Números 20:21). Pablo apeló a su estatus legal romano para protección (Hechos 25:10-12). En todos estos casos, el patrón es claro: pedir permiso, respetar la autoridad y someterse a la respuesta.
De manera relacionada, la Escritura registra la expulsión o remoción de personas como una función real de la autoridad civil. Faraón ordenó que Abram se fuera de Egipto (Génesis 12:18-20). Los magistrados pidieron a Pablo y Silas que salieran de la ciudad de Filipos (Hechos 16:39-40). Priscila y Aquila fueron expulsados de Roma por decreto del emperador Claudio (Hechos 18:2). Estos relatos son descriptivos, no prescriptivos, pero muestran que la remoción de personas no es presentada como inherentemente antibíblica. Es una expresión del ejercicio de la autoridad delegada, aunque siempre sujeta al juicio moral de Dios.
En nuestro contexto actual, el ejercicio de esta autoridad delegada puede manifestarse en acciones sobre inmigración que, aunque buscan orden, a veces generan temor y consecuencias dolorosas para familias. Esto no invalida el principio bíblico de sumisión a la autoridad, pero sí nos llama a orar por autoridades que ejerzan su rol con justicia y misericordia, y a la Iglesia a denunciar cualquier trato indigno o abusivo en la aplicación de la ley.
El Reino “Ya / Todavía No”
Los gobiernos son una provisión real de Dios (“ya”), pero también son temporales e imperfectos (“todavía no”). Nuestra ciudadanía definitiva está en los cielos (Filipenses 3:20). Esto nos permite honrar la autoridad civil sin idolatrarla y obedecer las leyes sin poner en ellas nuestra esperanza última.
Los controles fronterizos y las políticas migratorias pertenecen al orden temporal; el Reino de Dios es eterno. Esta perspectiva nos libera de idolatrar cualquier sistema o gobierno humano y nos llama a vivir con paciencia y fidelidad en medio de la imperfección, mientras esperamos el reino eterno y perfecto de Cristo.
Distinciones Bíblicas Importantes
El Antiguo Testamento distingue entre dos diferentes tipos de extranjeros:
- El ger era el extranjero residente, integrado legalmente en Israel y protegido por la ley. A él se le ordena explícitamente: “Amarás al extranjero como a ti mismo” (Lev. 19:33-34).
- El nokri era el forastero sin estatus civil ni vínculos de pacto. Aunque recibía un trato legal distinto en ciertos aspectos (Éx 12:43), nunca se le negaba su dignidad como portador de la imagen de Dios. La prohibición de la opresión y el llamado a la justicia básica se aplicaban a todos (Prov. 14:31).
Estas categorías no se trasladan mecánicamente al tiempo y estado moderno de la inmigración, pero nos ayudan a ver que la Biblia distingue entre estatus civil y dignidad humana, sin negar ninguno de los dos. Una nación puede establecer distinciones legales; la Iglesia, en cambio, está llamada a mostrar misericordia basada en la imagen de Dios, no en documentos.
La Tensión Pastoral del Creyente Indocumentado
Estos principios no son abstractos; aterrizan en la vida del creyente que busca seguir a Cristo dentro de un sistema migratorio quebrado.
Honestidad y humildad
El creyente puede confesar con gozo que no hay condenación en Cristo, mientras reconoce que su situación legal no representa el ideal del orden creado, aun cuando haya sido moldeada por necesidad, ignorancia o presión. Justificación y circunstancia no son lo mismo.
Integridad activa
El discipulado cristiano llama a obedecer en todo lo posible: trabajar fielmente, pagar impuestos cuando corresponde, respetar las leyes que no exigen desobedecer a Dios y buscar activamente vías legales para regularizar la situación. Caminar en la verdad puede implicar costo personal, como en el caso de Zaqueo (Lucas 19).
Sumisión y confianza
Romanos 13 llama a la sumisión no porque las autoridades sean perfectas (y ciertamente Roma era un gobierno lejos de la perfección), sino porque Dios sigue siendo soberano aún sobre sistemas imperfectos e injustoss. Esto incluye confiar en su providencia, incluso frente a consecuencias dolorosas, como una posible deportación (Hechos 17:26).
La iglesia debe acompañar este camino con oración, consejería sabia y apoyo pastoral, no con condenación ni simplificaciones.
Iglesia y Estado: Dos Esferas, Dos Llamados
Dios ha establecido instituciones distintas con propósitos distintos. El Estado es ministro de justicia; su herramienta es la ley y la espada (Romanos 13). La Iglesia es ministro de misericordia y reconciliación; sus herramientas son la Palabra, la cruz y el servicio (Mateo 25; 28).
Por lo tanto:
- La membresía de la iglesia se basa en la fe en Cristo, no en la ciudadanía terrenal (Gálatas 3:28).
- La ayuda material se ofrece según la necesidad humana, no según el estatus migratorio.
- La iglesia tiene un deber profético de denunciar la injusticia y el trato indigno, incluso en la aplicación de leyes migratorias, sin asumir el rol del Estado ni politizar el evangelio.
La Esperanza que Libera
La Iglesia no ofrece salvación política, sino a Cristo. Desde esa identidad eterna, podemos caminar juntos, migrantes y ciudadanos, documentados e indocumentados, en justicia, misericordia y humildad, reconociendo y respetando la autoridad que Dios ha delegado al gobierno, incluso en la aplicación de políticas migratorias, sin hacer de ellas nuestra esperanza última.
En medio de operativos de inmigración que separan familias y tragedias que conmueven a la nación, recordamos que nuestra esperanza no está en políticas humanas, sino en el Reino eterno de Cristo. Nuestra ciudadanía es celestial (Filipenses 3:20). Ningún documento define nuestro valor final.
Somos peregrinos que esperan una patria mejor (Hebreos 11:13). Por eso podemos obedecer, sufrir y trabajar por la justicia sin desesperación, con la mirada fija en el Reino que no tendrá fin, donde toda nación, tribu, pueblo y lengua estarán reunidos ante el trono del Cordero. En esa esperanza vivimos, trabajamos y nos amamos los unos a los otros.


